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ISSN 1989-4163

NUMERO 29 - ENERO 2012

Homicidio en Ocasión de Desnudez

Héctor Ranea

Desesperado, salí del baño como estaba; a decir verdad, no muy vestido. Encima, no tengo una figura agraciada, de modo que, en la calle, mis desnudeces no fueron celebradas con aplausos sino más bien con horror y frases que denostaban mi condición. Inútil fue decirles qué había pasado, de modo que seguí corriendo hasta encontrar un policía, que resultó mujer y que me miró con cara de pocos amigos.

—Hay un muerto en mi baño, oficial —le dije casi sin poder respirar.

—¿Cómo murió? —me dijo mirando sin disimulo mis partes bajas.

—Creo que yo lo maté.

—¿Cree? —dijo sacando su arma reglamentaria—. Acompáñeme a la Comisaría.

—Pero… ¿Y el muerto?

—No nos necesita —dijo (y tenía cierta lógica)—. Usted quedará encerrado hasta que se sepa qué le pasó.

—Pero fue involuntario. No quise matarlo —dije.

—Todos dicen lo mismo —contestó con una media sonrisa—. Vamos.

De pronto, mi capacidad de moverme se anuló, quedé congelado en el vidrio.

—¡Venga!

—No puedo. Estoy congelado. Debe ser el miedo.

No necesité decir más. Ella disparó tres veces. El espejo estalló en millones de pedazos. Algunas esquirlas, incluso, la lastimaron levemente.

Cuando me encontraron en el baño de mi casa, desnudo y muerto de tres tiros de pistola de la policía, ella no pudo explicarlo y de nada sirvieron en su defensa todos los testigos que aseguraron ver pasar un espejo por la calle.

Homicidio

 

 

 

 

 

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